lunes, 26 de enero de 2009

Crisis económicas y autogobierno (I)

Ramón Zallo - DEIA

EL País Vasco es un país voluntarioso pero aún no sabemos adónde queremos ir, y cómo. No lo hemos decidido en los terrenos económico, político y social. Hay líneas pero no un proyecto central.

Contexto general

En esta gran crisis general y no coyuntural se han dado cita distintas crisis que cabalgan unas sobre otras. Todas las crisis -y cuento hasta cinco- deben ser abordadas. Todas están relacionadas pero tienen distintos plazos y niveles de intervención nacionales.

Está la crisis financiera que persiste. Y ello a pesar de las medidas de rescate privatizadoras de fondos públicos. Han premiado la irresponsabilidad de quienes abogaron por desentenderse de la economía productiva para crear una economía ficticia y especuladora, una economía de casino, sin correspondencia con el stock de capital productivo y que ha generado un capitalismo rentista, medroso, volátil y dañino socialmente. Las bancas canalizaron ahorros no a la inversión sino hacia los activos financieros que, además, no lo eran. Esas bancas rotas siguen sin financiar el sistema productivo y las economías domésticas; siguen sin invertir en economía y sociedad reales. Están pidiendo a gritos que les intervengan de verdad.




Han coincidido también, amplificándose, otros dos tipos de crisis económicas. Una, más profunda y de largo plazo, crisis de sustitución general tecnológica, que no termina de desplegar productividades crecientes ni viene acompañada de un modelo de demanda sostenible, o sea, de nueva regulación social, como en su época fue el fordismo. El nuevo paradigma tecnológico -información, nuevos materiales…- no ha logrado incrementos de productividad estables y rentas con origen productivo y salarial suficientes. La otra es una clásica crisis cíclica de sobreproducción (desequilibrios entre producciones y demandas) alimentada por una escasa calidad del empleo y una desregulación y flexibilización creciente del mercado de trabajo, que siendo buena para el capitalista particular es mala para la reproducción del capitalismo como conjunto. La agrava la competencia asiática que reduce los márgenes empresariales en unos países avanzados que están desaprovechando sus oportunidades tecnológicas y han preferido los nirvanas financieros.

El resultado de ambas crisis es que no hay correspondencia entre los acelerados avances tecnológicos, las discretas aplicaciones productivas y la muy limitada capacidad de los mercados de inversión y de consumo para poder absorber y remunerar inversiones y ofertas. Está en crisis el actual modelo de acumulación del capitalismo de los países desarrollados y, de rebote, en el resto.

En los últimos años se han minado la sociedad del bienestar y el capitalismo popular, con el consiguiente retroceso de las rentas salariales en el PIB. Si antaño -acompañando a la inversión, a las demandas empresariales y a la exportación- las rentas de trabajo aseguraban una demanda sostenida sobre los bienes de consumo, ahora con el trabajo precario de las nuevas generaciones -no son remuneradas en relación a sus conocimientos- la cadena de consumo se ha roto y eso ya no lo resuelve el exceso de endeudamiento familiar. Los sobresueldos de lo ejecutivos tampoco. Curiosamente, el proceso de acumulación regresa al modelo del siglo XIX con la subremuneración de las manos de obra joven o inmigrante, o con la deslocalización de empresas por aquello del diferencial salarial. En la economía global se iguala por abajo.

Pero hay otras crisis de más hondo calado aún, y que aquí no se abordarán: la grave crisis ecológica y de recursos (cambio climático, la escasez de materias primas, el fin de un modelo energético, la crisis alimentaria y del agua…) y la crisis de reglas, de disolución de valores colectivos en beneficio del individualismo o de la tribu y de falta de entendimiento en un mundo convulso y de muros de todo tipo. La apuesta por modelos sostenibles y de no-crecimiento parece cada vez más necesaria. Se echa de menos un nuevo contrato social que retroalimente economía y sociedad.

Ventajas vascas

-Tradicionalmente, entre nosotros el ahorro y la inversión nunca abandonaron la economía productiva, a diferencia de otros países o comunidades, y ello a pesar de que la volatilidad de los activos financieros y la burbuja inmobiliaria también nos han impactado. No estamos en vacío ni noqueados.

-Tenemos un margen de experiencia industrial y meta-industrial y un saber hacer bastante distribuido desde el sistema educativo y empresarial.

-La dolorosa reconversión se hizo sustituyendo grandes empresas y modos productivos tradicionales por pymes bastante eficientes y con diversificación de sectores, lo que supone un antídoto para la profundidad de las crisis.

-Se produce una relación de proximidad entre empresas locales, con significativa productividad (aunque sin outputs de tecnología de gama alta) que se acomodan a las exigencias de los mercados, lo que reduce los costes de transacción y facilita la adaptabilidad.

-Se dan altos niveles de cooperación en economía social. Incluso entre empresas capitalistas competidoras hay una importante experiencia de clusters asociativos con fines comunes.

-La apuesta por la innovación es obvia, aunque debe ir ganando en eficiencia dado su coste público.

-Siendo crecientes las distancias sociales son menos flagrantes que en otros países.

-Finalmente, ha sido una cuestión capital que se cuente con un significativo autogobierno y una fiscalidad propia lo que, en contrapartida, obliga a un liderazgo público responsable y potente.

A todo ello hay que añadir que este país tiene una identidad, unos estilos de vida aceptados y unas experiencias históricas compartidas -algunas de ellas especialmente traumáticas- que han forjado una personalidad en permanente tensión, bastante solidaria por encima de las tribus ideológicas, viva y con una sociedad civil potente y de voluntariados. Somos una sociedad autoreferencial y con su propia opinión pública.

Debemos plantearnos ahora lo que queremos ser tras la crisis; pero para ello hay que decidirse estratégicamente hacia dónde, basarse en los puntos fuertes, pero encarando, también, las importantes debilidades (mañana se describen).

* Economista y catedrático de Comunicación de la UPV-EHU