miércoles, 5 de marzo de 2008

¿Desarrollo sostenible?

¿Y qué es lo que hay que sostener? ¿La naturaleza? ¿El desarrollo? ¿El crecimiento? Surgido en los 80 del difícil matrimonio entre desarrollismo y medioambientalismo, el término “desarrollo sostenible” proporciona una ambivalencia semántica que lo convierte en una percha para todo. El locus parece situarse sutilmente en el desarrollo: es esto lo que hay que sostener. En euskara, el cambio en la denominación operado por Euskaltzaindia es aún menos sutil: de garapen jasangarria a la nueva denominación garapen iraunkorra (...). Esta ambigüedad explica que el concepto sea hoy en día utilizado por todo tipo de agentes, incluso por los forofos del desarrollismo más ramplón y acompañe a proyectos claramente agresivos en términos medioambientales.



Los conceptos de progreso y desarrollo que han guiado a las sociedades occidentales desde la Ilustración se han basado en dos supuestos: que el desarrollo occidental podía universalizarse en el espacio y, que podría perdurar en el tiempo. Sobre el primero, y desde un soberbio etnocentrismo, se construyó durante los años cincuenta y sesenta toda una escuela de la modernización que pretendía la universalización del modelo occidental. La cruda realidad de la crisis económica del 73 y la constatación de las crecientes desigualdades mundiales hicieron caer a estas teorías en el descrédito que merecían, contestadas por las teorías de la dependencia y ampliamente superadas por la monumental teoría del sistema mundial de Inmanuel Wallerstein, en claves de países del centro y de la periferia: la situación de unos es consecuencia directa de la situación de los otros, no un estadio distinto de ‘desarrollo’. Hoy en día, hablar de países desarrollados y en vías de desarrollo equivale a arqueología política o simple propaganda ideológica del Banco Mundial, el Departamento de estado norteamericano o los popes del neoliberalismo.

El segundo supuesto se desvanece también ante la realidad de la crisis ecológica y energética. Desde los pesticidas que contaminaron las cadenas alimenticias en los setenta, los desastres de la revolución verde y los intentos de ‘modernización’ en los países de la periferia, la crisis ecológica en los países del Este, hasta la creciente conciencia – interesada y no – del cambio climático. Desde el surgimiento del movimiento ecologista hasta Al Gore y Di Caprio.

Al tiempo, toda una sólida línea de pensamiento cuestiona el sentido último de la modernización occidental; desde Weber, que parte de la crítica de Nietzsche a la Ilustración, hasta la Escuela de Francfort, Foucault o el movimiento ecologista. Todo ello constata esta doble crisis: una crisis ecológica y una crisis de justicia. En 1987 la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo, tratando de dar respuesta a ambas, estableció la que sería definición canónica de desarrollo sostenible: aquel “que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Sin embargo, en la propia definición la dimensión temporal parece imponerse a la espacial, parece querer resolver la crisis ecológica pero deja en el aire la de justicia: ¿qué necesidades son las que se satisfacen? ¿de quiénes son esas necesidades?. La definición de la Comisión Brundtland no despeja la ambigüedad del concepto ‘desarrollo sostenible’, que continúa siendo un parche para todo. Wolfgang Sachs distingue de forma brillante tres discursos en torno al mismo, según su valoración del desarrollo y la manera en que relacionan la ecología con la justicia.

El primero sería lo que Sachs denomina la perspectiva de la competencia, en referencia a la lucha por la competitividad entre los países del centro que caracteriza la era de la globalización. Perspectiva que entronca directamente con las teorías de la modernización ecológica – para algunos muy de derechas – que interpreta los cambios sociales e institucionales de la modernidad tardía en a partir de la problemática medioambiental. La tesis central es que crecimiento y medioambiente, lejos de resultar incompatibles, se estimulan mutuamente de forma positiva: la preocupación medioambiental aparece aquí como una fuerza propulsora del crecimiento. Y en tal sentido se constatan dos fenómenos principales. El primero sería la modernización ecológica de las economías industriales: el reto de la competitividad empuja a una mayor eficiencia en la utilización de los recursos naturales, una modernización tecnológica en torno al concepto clave de eco-eficiencia, especialmente en cuanto a consumos energéticos. El segundo sería la aparición, fruto de la extensión de la conciencia ecológica, de nichos de mercado ‘verdes’: los consumidores penalizan a las empresas de comportamientos medioambientales dudosos y optan cada vez más por productos ‘ecológicos’.

Evidentemente, si se considera que la propia economía resuelve positivamente la problemática medioambiental, sobran todo tipo de regulaciones (control sobre las multinacionales, evaluación de las tecnologías en interés público, un GATT sostenible...) que además obstaculizan el objetivo primordial de la competencia. Esta perspectiva, por tanto, encaja bien con la doctrina neoliberal y remite de nuevo a la mano invisible de Adam Smith que, lejos de ‘negra y peluda’ como dice Hugo Chávez, parece ser también‘verde’. Aparece, así, una característica principal de esta perspectiva: puesto que el mercado la resuelve positivamente, la responsabilidad ecológica remite a los ciudadanos. Se produce una individualización de la responsabilidad ecológica que deja exentas a las instituciones, que colocan la carga en la ciudadanía. Así, los mensajes institucionales de concienciación conviven sin problemas con políticas institucionales en sentido contrario, justificadas en nombre de la competitividad. El ‘Día sin coche’ con otros 364 construyendo carreteras. El ‘Vuelve a querer a la naturaleza’ con proyectos del desarrollismo más rancio como el TAV.

Es indudable que ciertos hechos corren en apoyo a esta perspectiva: la mayor eco-eficiencia de la industria o la importancia creciente del ‘mercado verde’ que inunda la publicidad, desde la ‘energía verde’, el biodiesel, los coches ‘ecológicos’o entidades de banca ética y ecológica como el holandés Triodos Bank. No obstante, los problemas medioambientales, sobre todo a nivel global, lejos de remitir, se agravan. La mayor eficiencia energética no es capaz de compensar el aumento del consumo. O la supuesta ‘energía verde’ de algunas empresas del centro se combina con comportamientos bastante poco ecológicos y antisociales en la periferia. Y es que, como apunta Sachs, sigue sin cuestionarse el crecimiento a través del ‘libre comercio’ en términos de tiempo, mientras se asume secretamente su limitación en el espacio. El objetivo estratégico es minimizar la carga del norte y trasladar al sur el coste del ajuste medioambiental, en base a argumentos como la cuestión de la población. Y es que en la definición del problema ya se encuentra la solución: cuando éste se hace en términos de eco-eficiencia, la responsabilidad del ajuste se traslada a los menos eficientes, el sur y los ciudadanos del norte. Este es el espíritu que impregna, por ejemplo, la ‘Agenda 21’. Este es el discurso ecológico de Sarkozy. El pensamiento desarrollista continúa en la base de esta perspectiva, el objetivo es poder mantener el crecimiento de los países del centro.

El segundo discurso sería la ‘perspectiva del astronauta’. Su seña de identidad es una mirada global, pensar en términos planetarios. El planeta se constituye en objeto científico y político. En esta perspectiva cabe situar, por ejemplo, la hipótesis Gaia de James Lovelock, actualmente un apocalíptico defensor de la energía nuclear. Convergen aquí gran parte de la comunidad científica, desde la concepción biofísica del planeta como sistema. Pero también otras perspectivas más espirituales (Leonardo Boff) o las grandes organizaciones ecologistas. Los avances tecnológicos, que han permitido modelos globales, y la dimensión global de problemas como en cambio climático corren en apoyo de esta perspectiva. Desde esta mirada global, resulta imposible obviar la doble dimensión del problema, temporal y espacial. Así, el planeta en su conjunto, y no principalmente el sur, se revela como escenario del ajuste medioambiental. Se aboga por una planificación racional de las condiciones planetarias y, en última instancia, la traducción de la realidad global biofísica en un hecho político. Regulaciones internacionales, sistemas de información global u obligaciones multilaterales forman parte de este discurso. La disputa entre esta perspectiva y la anterior protagoniza los debates de las cumbres institucionales (Asamblea de la ONU, Cumbres de la Tierra…).

El tercer discurso que distingue Sachs sería lo que denomina la perspectiva doméstica. Más que un discurso sobre el “desarrollo sostenible” constituye un anti-discurso, una deconstrucción de un concepto al que consideran sospechoso de ser un oxímoron. La crítica se dirige al concepto de desarrollo, considerado ‘una fuerza de descapacitación de las comunidades del sur, una fuerza reductora del bienestar en el norte, y un elemento medioambientalmente perjudicial en ambos casos’. La primera causa de la degradación medioambiental es el superdesarrollo y no una ineficiente distribución de los recursos ni la proliferación de la especie humana. La cuestión de la justicia aparece en primer plano y remite directamente a conceptos de suficiencia y autolimitación, a que las sociedades del norte reduzcan su huela ecológica, liberando espacio para las comunidades locales. Se defienden modelos de desarrollo autocentrados y de democracia local, limitación del desarrollo basado en la extracción, economías y comercio justo y, en general, la búsqueda de formas descentralizadas de sociedad no orientadas a la acumulación. Se trata de la perspectiva ecosocialista y convergen aquí las ONG más pequeñas, los movimientos sociales y los intelectuales disidentes.

La globalización neoliberal, actualización de la defenestrada teoría del desarrollo, se constituye así en un elemento a combatir: el estilo de vida del norte no puede generalizarse a todo el planeta, su propia estructura es oligárquica. El escenario de ajuste ecológico es, por tanto, exclusivamente el norte, que debe recortar la carga ambiental y la deuda ecológica acumulada que trata de repartir o endosar a otros. Se habla de reducción de consumo energético y de materias, de cuanto menos una ralentización de la dinámica de crecimiento, si no un decrecimiento. En tal sentido, la eficiencia no sirve si no viene supeditada por el concepto central de la suficiencia.

En apoyo de esta perspectiva, parece que la mayoría de las sociedades occidentales traspasaron durante los años 70 el umbral tras el cual el aumento del PIB deja de corresponderse con calidad de vida. En pleno siglo XXI, las aspiraciones decimonónicas a “más deprisa, más lejos y más cantidad” se han demostrado problemáticas. La velocidad intermedia a favor de una sociedad sin prisas, un reforzamiento de las economías regionales, la sustitución de los bienes desechables y un consumo selectivo que reduzca el volumen de mercancías constituyen señales hacia una civilización sostenible. La cuestión que afronta esta perspectiva es hasta qué punto resulta compatible con la lógica de acumulación capitalista, no porque implique reducción de bienestar sino porque toda autolimitación supone una pérdida de poder para las elites políticas y económicas.