domingo, 2 de marzo de 2008

Ezker Batua en campaña

No se trata de hablar sobre todas y cada una de las contradicciones entre la política llevada a cabo por EB y la supuesta definición como fuerza de izquierdas. El tema es tan aburrido que ya cansa. Pero hay dos nuevas curiosidades que añadir a sus últimas actuaciones.

La primera es la elección de Sustatxa para encabezar la candidatura por Bizkaia. No tengo el gusto de conocerle, pero sí de apreciar su proyecto estrella para el Ayto. de Bilbao, donde es concejal. Y ese proyecto no es ni más ni menos que privatizar el Instituto Municipal de Deportes, vamos que lo quiere convertir en una empresa con el supuesto fin de la eficacia (léase poder mangonear a su antojo sin que los empleados se le puedan enfrentar con el tema de ser funcionarios).

Me imagino que el tal Sustatxa no tendrá un curriculum de sindicalista combativo (no de liberado, que eso es otra cosa) ni de trabajador asalariado, porque debería conocer que rebajar el nivel de protección de los trabajadores no es precisamente un nuevo jalón en la lucha por el socialismo, por la propiedad pública (no de los políticos, eso lo dejamos para la gente con resabios estalinistas) de los medios de producción.

Ah, ¿que EB no está por el socialismo más allá de sus fiestas los fines de semana? Pues que se diga y tan campantes.

La segunda se refiere a la reaccionaria y antiecológica política de construir VPOs para la venta sin intervenir en el precio del suelo ni en diseñar incentivos fiscales contrarios a los que ahora existen.

Tras nuestro "debate" con Javier Dean, parece que se ha iniciado una bola de nieve contra esa locura política de Vivienda en el que participó hasta el Ararteko ese. El último artículo al respecto que he leído se publica hoy en Público y no tiene desperdicio.

Aquí lo teneis: www.publico.es/opinion/dominiopublico


En una entrevista con el diario El Economista, Manuel Pizarro hizo el pasado martes día 26 de febrero algunas afirmaciones inteligentes, pero lamentablemente van unidas a otras inexactas que revelan una confusión bastante usual, pero injustificable en un candidato al Ministerio de Economía y ya no digamos en un crack como lo presentó ayer Mariano Rajoy en Zaragoza.
En efecto, declaró Pizarro: “Estoy convencido de que la crisis actual no es inmobiliaria, sino de modelo financiero”. Se trata ésta de una afirmación superficial, típica de alguien que, como dijera Sherlock Holmes, ve… pero no observa. No hace falta ser un especialista para darse cuenta de que todo el sistema financiero español está basado en los valores inmobiliarios. Ninguna entidad bancaria concede créditos ni financiaciones si no están respaldadas por sólidos valores inmobiliarios. Vale con ir a un banco a pedir un crédito para ver lo que le piden como garantía.
Esta alianza entre los grandes bancos y los terratenientes urbanos y rurales, y la especulación inmobiliaria no es, por supuesto, exclusiva de España. Se da también en gran parte del mundo capitalista con algunas excepciones y, en algunos casos, como el de Japón, con consecuencias trágicas para los bancos, arrastrados durante más de una década por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria.
Sin embargo, la alianza mencionada persiste y lo hace precisamente porque gran parte del mundo capitalista permite que los valores inmobiliarios se inflen. Esto no sucede en sitios como Singapur o Hong Kong (incluso cuando era colonia británica), simplemente porque la propiedad romana del suelo no existe (toda la tierra es del Estado – y siempre lo fue – en Hong Kong y también lo es el 90% en Singapur) o en otras naciones como Taiwán, Australia o Nueva Zelanda, donde las plusvalías están fuertemente gravadas. Tampoco, por supuesto, en China, donde, a pesar de los tópicos, la propiedad de la tierra sigue en manos del Estado.
Pizarro hace una observación razonable: “Hay que jugar sobre la oferta y, en particular, sobre la variable esencial del suelo, favoreciendo los trámites de puesta en el mercado para invertir la tendencia negativa y dar aliento al mercado inmobiliario”. La observación es incompleta, porque el suelo no es una variable esencial: simplemente es la única variable que importa. Lo que aumenta de precio en la burbuja no son los ladrillos, como se puede comprobar en la evolución de lasestadísticas, sino el suelo.
No solo hay que lograr que el suelo entre al mercado, sino que lo haga a precios razonables. ¿Cómo lograrlo? Sobre esto Pizarro no nos dice nada. Se limita a dar el ejemplo de la Comunidad de Madrid, donde, dice, se han construido muchas viviendas protegidas. Pero no nos equivoquemos: se trata de una gota de agua en un océano de necesidad. En materia de suelo, nada se ha hecho y si caen los valores, es porque la burbuja se está desinflando.
Lo aconsejable no es esperar a que la crisis hunda los valores del suelo, como sucedió en Japón. Hay que adoptar medidas antes de que llegue una crisis. Y es difícil que hombres como Pizarro se atrevan a plantear estas medidas. Estas medidas son fiscales: entre otras, se trata de gravar las plusvalías inmobiliarias y poner al día las valuaciones fiscales para las contribuciones inmobiliarias.
Este tipo de medidas no caben en el planteamiento político del Partido Popular, obsesionado con las rebajas fiscales, sin caer en la cuenta de que aquí no se trata de aumentar la presión fiscal, sino de variar el objeto imponible.Mason Gaffney, que a sus 84 años quizás el más prestigioso experto en fiscalidad del suelo en Estados Unidos, identifica 15 formas de gravar la renta de la tierra e impedir la especulación. Alguna se le podría haber ocurrido a Pizarro. Y también, dicho sea de paso, a los socialistas que aspiran a la reelección.
La oferta del suelo jamás resolverá por sí sola el problema, pues la tendencia al monopolio en la propiedad del espacio económico es imparable. Si la sola oferta fuera la solución, países con bajísima densidad de población, como Argentina (13 habitantes por km2) no tendrían problema de vivienda y, sin embargo, lo tienen. Otros, casi sin suelo, como Singapur (6.245 habitantes por km2) o Hong Kong (6.688 habitantes por km2), sufrirían un caos habitacional y, con todo, el problema de la vivienda no existe en estos países. España tiene solo 87,2 habitantes por km2. No tiene por qué haber un problema de vivienda. Si lo hay, es porque quienes deberían ofrecer las soluciones, en vez de decir la verdad, se dedican a ocultarla.Fernando Scornik Gerstein