viernes, 4 de julio de 2008

¿Qué hacer?

Ion Andoni del Amo

Insiste Juan José Ibarretxe, con convicción y de forma incluso entusiasta, acerca de la trascendencia del momento político. Es la primera vez en la historia, afirma, que la sociedad vasca, aún en los ámbitos limitados de Araba, Guipúzcoa y Bizkaia, vamos a ser consultados. “El propio debate, se sustancia como se sustancie, marcará un antes y un después”, sentencia, y concluye convencido que “se ha abierto la puerta del derecho a decidir del pueblo vasco y esa puerta ya no se va a volver a cerrar”.

Probablemente tenga razón. Desde luego, no se le puede negar a Ibarretxe, además de entusiasmo y convicción, una loable capacidad de iniciativa y riesgo político. Sin embargo, la iniciativa de consulta parece acumular en torno a ella más dudas y recelos que entusiasmos. Desde muchos sectores soberanistas se mira a la propuesta de Ibarretxe como las vacas al tren. Este contexto de problemas candentes (...) plantea una cuestión de resonancia histórica: ¿Qué hacer?. Más allá del propio pleno del 27 y sus circunstancias posteriores, como estrategia a medio plazo.

Para empezar, hemos de coincidir con Ibarretxe en la trascendencia del momento político. No por la propuesta de consulta en sí, que también, sino porque vivimos un contexto de transición determinado por el agotamiento del marco estatutario y la amplitud y difusión social del debate en torno al derecho a decidir. El propio Ibarretxe enmarca su propuesta en ese debate de fondo. Este marco de transición nos retrotrae al menos diez años atrás; precisamente, su dilatada duración es una de sus características y fuente de incertidumbre. Y es que acontece que las estrategias que han sido capaces de generar este contexto de transición política parecen incapaces de alumbrar un nuevo escenario. Tanto la estrategia de lucha armada y negociación con el Estado, como la de acomodación autonomista (en el fondo complementaria de la anterior, pues su fuerza depende de la capacidad de desactivarla) tropiezan con su dependencia de la voluntad negociadora de un Estado que ha amortizado a su favor los efectos de la lucha armada y que se encuentra cómodo en una situación de impasse que a quien más desgasta es a las fuerzas soberanistas, atrapadas en un bloqueo estratégico. En este contexto, Ibarretxe intenta otra cosa.

Pues bien, a la hora de evaluar esa ‘otra cosa’ conviene, por claridad analítica, distinguir entre el contenido formal de la propuesta y su contexto político, porque esta dicotomía es la que explica en gran medida la valoración y actitud ambivalente ante la misma. Así, en cuanto a contenido formal, la propuesta de consulta se sitúa en el marco de la vía civil a la soberanía. Esta estrategia se basa en la consolidación de mayorías sociales y políticas soberanistas en las instituciones autonómicas, para desbordarlas y convertirlas en instituciones soberanas. Puesto que la nación es, ante todo, una definición social y su eficacia no deriva de su veracidad histórica o científica, sino del éxito de su difusión en el medio social, se trata de expresar la amplitud de la difusión de la idea nacional vasca y su derecho a decidir. Al debate en torno a la soberanía y la capacidad de decisión se responde con la posibilidad de una consulta en la que la propia sociedad vasca se auto-constituye en sujeto político. La cuestión de la soberanía se transforma en una cuestión de respeto democrático a la voluntad popular. Además, se trata de una estrategia más endógena, al depender más de la propia acumulación de fuerzas y menos de la disposición negociadora del Estado. Ibarretxe lleva años intentando esta vía, pero no sólo él, también EH fue un buen exponente o el propio sindicalismo abertzale. Sin embargo, aparece en todos los ámbitos mezclada con otras estrategias, lo que dificulta su viabilidad. La propuesta de consulta de Ibarretxe es su plasmación más lograda hasta el momento. Más allá del contenido de las preguntas, el propio hecho de la consulta, en efecto, es ya histórico y constituye un acto de soberanía; de ahí la reacción del nacionalismo español en sus versiones amable y ultra.

No se puede acusar a la propuesta de Ibarretxe de despreocupación por la teoría. Antes bien, lo contrario. Y es que las dudas que genera la propuesta provienen básicamente del otro aspecto considerado, su contexto político. Ibarretxe parece haber forzado la inclusión de su hoja de ruta en la ponencia política de su partido, provocando con ello la salida de Josu Jon Imaz. Pero la dirección de su partido la asume a duras penas y, además, se le nota. Intentar una vía civil a la soberanía requiere confrontar democráticamente con el Estado, incluso mediante la desobediencia civil. Requiere, por tanto, una acumulación de fuerzas soberanistas que garantice su viabilidad, algo con lo que Ibarretxe no parece contar. El Lehendakari no despeja las dudas ante una eventual prohibición de la consulta por el Tribunal Constitucional español, y Urkullu las despeja en el sentido contrario, de obediencia. Si Ibarretxe ha utilizado a menudo la metáfora del paso del buey, su partido aparece como una piedra de arrastre demasiado pesada, hasta el punto de que los dos partidos menores del tripartito aparecen a veces como su mayor apoyo. Pero las dudas afectan también al propio Lehendakari, que ha empleado contra las consultas sobre el TAV los mismos argumentos que ahora otros utilizan contra su propuesta. Y que no ha buscado una acumulación efectiva de fuerzas más allá del tripartito, no ya con la izquierda abertzale, sino con un elemento tan importante como el sindicalismo abertzale, al que aporrea con chiringuitos neoliberales como ese supuesto Tribunal de la Competencia.

Las dudas, por tanto, no refieren tanto al camino propuesto, como al conductor, a la solvencia del PNV para llevarlo a cabo, de lo que quedan pocas dudas, pero en sentido contrario. Ahora bien, esto no supone desechar la propuesta de consulta, sino todo lo contrario. La aprobación en el parlamento de Gasteiz permite dos retratos ilustrativos: el de la nula calidad democrática del Estado y el de la incapacidad del PNV para liderar una confrontación democrática con el mismo. Es cierto, sin duda, que en tales circunstancias, ante un pliegue del PNV, la consulta puede devenir en un elemento de frustración y desmovilización del soberanismo, al confrontarlo a sus límites y terminar en un proceso neoautonomista. Pero también abre importantes estructuras de oportunidad política para avanzar, si somos capaces de desbordar el conservadurismo de la dirección del PNV en un movimiento a favor de la desobediencia civil. Algo que quizás puede hacerse con Ibarretxe, pero no de su mano, pues ya ha demostrado que no busca acumulaciones más allá de organizaciones coristas y que no puede ir más allá de forzar hasta el límite el margen de movimiento que le deja el PNV, lo cual no es suficiente. Desbordar al PNV requiere aglutinar esa masa soberanista a su izquierda, actualmente caracterizada por la dispersión, disgregación y vacilación, que defienda la confrontación democrática, la participación y la consulta en todos los ámbitos. Articular un contrapeso soberanista a su izquierda, político y electoral, sin dependencias, que actúe como motor soberanista y de izquierda.