jueves, 5 de junio de 2008

El Congreso de los Diputados, arrodillado ante la jerarquía católica


Día negro para nuestra democracia:
Antonio García Ninet, Doctor en Filosofía
31.05.08

El 26 de mayo fue, efectivamente, un día negro para la historia de nuestra democracia. A propuesta de Izquierda Unida se había planteado en el Congreso que los símbolos religiosos desaparecieran de los actos de carácter público. Cualquiera que haya leído nuestra Constitución sabe perfectamente que la presencia de cualquier simbología religiosa en tales actos es contraria a la Constitución desde el momento en que ésta señala, en su artículo 16.3, que “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

Por ello, una consecuencia evidente de este carácter aconfesional del Estado español es que la simbología religiosa de cualquier tipo debe quedar para el ámbito privado, desapareciendo de la actividad y del protocolo de cualquier ceremonia política en cuanto eso es lo que dispone la Constitución y en cuanto, además, el respeto a la pluralidad de creencias o incredulidades de nuestro pueblo debería implicar la retirada de esa simbología que, no por tradicional, debe mantenerse como si se tratase de un “derecho consuetudinario·” adquirido para seguir disfrutando de los injustos privilegios que ha tenido en España a lo largo de los siglos.
El presupuesto básico de la actividad política de cualquier congresista debería ser el de la defensa del orden constitucional, procurando que todas sus actuaciones políticas se enmarcasen adecuadamente dentro del marco de la Constitución. Sin embargo, la actuación de la gran mayoría de los señores diputados en su reunión del día 26, en la que se sometió a votación si debían suprimirse o no los símbolos religiosos en los actos protocolarios del nombramiento de ministros y, por extensión, en cualquier otro acto político, fue realmente bochornosa, precisamente porque en lugar de defender esa Constitución que habían prometido -o jurado- defender, la menospreciaron de modo sorprendente e incalificable.
¿Cómo pudo suceder que la votación fuera tan mayoritariamente contraria a la propuesta de Izquierda Unida, cuando se trataba de la propuesta de que se cumpliera nuestra Constitución, lo cual no siquiera debería haber sido objeto de polémica alguna? ¿Cómo habrá que entender a partir de ahora ese artículo 16.3 de nuestra Constitución? Si el Estado Español no tiene carácter confesional, ¿qué pinta el crucifijo, no sólo como símbolo en las ceremonias oficiales, sino incluso colocado en el centro de la mesa, dejando a un lado la Constitución española, como si la España del siglo XXI siguiera siendo un feudo del Estado del Vaticano y de su jerarquía? Realmente es inconcebible. Sólo podemos creer que es así porque desgraciadamente lo hemos comprobado, no sólo en esa votación, sino también en la serie de “tributos” o de “impuestos” que nuestro país sigue pagando “religiosamente” a ese otro Estado desparramado por todo el mundo, pero que tiene su sede central enclavada en Roma.
¿¡Hasta cuando seguirá España sometida a la jerarquía católica!? Y digo a la “jerarquía católica” porque quiero que se me entienda bien. No estoy hablando de los cristianos en general, ni de los católicos en particular, sino de ese grupo especial constituido por quienes manejan de un modo exclusivo y a su arbitrio los hilos políticos y las enormes riquezas de esa organización. Pues el resto, los llamados “fieles” o “rebaño” cristiano, a pesar de ser con mucho el grupo mayoritario de esa organización, simplemente adopta una actitud de sumisión pasiva ante las consignas de sus “pastores” y trata de seguirlas en mayor o en menor medida, según la fuerza con que llegue hasta ellos el martilleo de las homilías y consignas dominicales.
Parece que, desde el punto de vista teórico, habría que tener un cociente intelectual especialmente bajo para no comprender la relación deductiva existente entre el artículo 16.3 de nuestra Constitución y la propuesta presentada por Izquierda Unida. ¿Por qué, sin embargo, el Congreso ha menospreciado dicho artículo para seguir defendiendo la subordinación de nuestro país, arrodillándose ante la autoridad de Roma?
Si, como dijo Bismarck, “la política es el arte de lo posible”, parece que los políticos –y en especial los del PSOE- hayan considerado que en estos momentos no era posible plantar cara a la jerarquía católica para colocarla en su sitio, que sería -si acaso- en sus respectivas iglesias o en el Vaticano. Y que, por ello, han seguido cediendo al chantaje que implica el mantenimiento de esa simbología religiosa presidiendo las ceremonias políticas de nuestro país, y la continuidad de esa multitud incontable de privilegios con la que se sigue enriqueciendo a esa jerarquía a costa del dinero de todos los españoles, incluido no sólo el de quienes practican otra religión o el de quienes no creemos en ninguna, sino especialmente el de quienes apenas tienen dinero para llegar a fin de mes.
¿Qué habrá que hacer para conseguir que finalmente nuestro Estado se libere de la camisa de fuerza representada por la ambición ilimitada de la jerarquía católica? Por el momento, parece como si no nos quedase otro remedio que el de denunciar a nuestros políticos, con la honrosa excepción de Izquierda Unida y de algún otro diputado, por haber cedido a ese vergonzoso chantaje.
Y, aunque esa denuncia pueda parecer algo así como el ejercicio del simple “derecho al pataleo”, debemos ser conscientes de que, en nuestra lucha constante por defender la libertad frente al oscurantismo y las ansias opresoras y sin escrúpulos de la jerarquía católica, la fuerza de nuestra razón irá creciendo y haciéndose imparable en la misma medida en que no nos resignemos y mantengamos nuestra actitud de denuncia, desenmascarando la constante hipocresía de dicha Jerarquía, sus constantes atropellos de la libertad en nuestro país y la constante sangría económica a la que lo someten mediante el chantaje a nuestros gobernantes, que no tienen la suficiente valentía como para enfrentarse a esa presión ejercida “con guante de terciopelo y puño de hierro”, como fue la consigna del señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.La razón y la denuncia constante son, pues, las armas más importante en nuestra lucha por la recuperación de nuestra libertad frente a la esclavitud milenaria de nuestro pueblo a dicha organización. Y, en esa actitud de crítica racional y de denuncia, hay que destacar de manera especial y como esperanza en esa lucha por la recuperación de la libertad de nuestro pueblo -y de los demás pueblos de nuestro entorno, como especialmente los de Latinoamérica- la labor, más importante cada día, de organizaciones como FIdA (Federación Internacional de Ateos), como UCR (Unidad Cívica por la República) y como todas las que luchan por desenmascarar y parar los pies a esta jerarquía católica, digna heredera de su Santa –y atroz- Inquisición.