sábado, 1 de noviembre de 2008

El cartero de Miguel Hernández

Publico esta carta de Carmen Torres Ripa recogida de Izaronews, dándole las gracias, porque tambén a mí me ha abierto sensaciones y vivencias personales. Cuando, también desde la izquierda, caemos sólo en la crítica de la superestructura, nos olvidamos de lo más importante para construir un proyecto emancipatorio, las personas, y con ellas sus sentimientos, sus formas de ser y de actuar, porque sólo desde el sentimiento, desde la acción en la vida cotidiana, se demuestra que se es portador del virus de una nueva sociedad, de la mujer, del hombre nuevo del que tambien el Che hablaba. Hoy, y siempre, queremos ser carteros de Miguel Hernández y de todos los que como él soñaron, sueñan, y soñaran con que otro mundo es posible



Me llamo barro aunque Miguel me llamen. Hace 98 años, un 30 de octubre, en la cárcel de Alicante, alguien dijo: se está muriendo un poeta. ¡Adiós hermanos -murmuraba poco antes-, camaradas, amigos. Despedidme del sol y de los trigos.

Miguel Hernández nació en Orihuela, un día como hoy de 1910. El poeta puso al rojo la piel de España. Sus versos sangrantes hirieron de muerte a una España reseca de pensamientos. Comunista y republicano, no cabía en la historia reglada, había que enterrar su memoria, sus palabras, su cuerpo joven, y le condenaron a muerte por ser ruiseñor de las desdichas. La piedad, esa piedad hecha de remordimientos, hizo que le computaran la muerte por 30 años de prisión y allí, en esa otra muerte -enterrado en vida-, murió de tuberculosis.

Qué hice para que pusieran mi vida en tanta cárcel. No, no hay cárcel para el hombre./ No podrán atarme, no./ Este mundo de cadenas/ me es pequeño y exterior./ ¿Quién encierra una sonrisa?/ ¿Quién amuralla una voz?

Por decir… por pensar… por querer.

Llegó y se fue con tres heridas. Tres heridas, sólo tres: la del amor, la de la muerte y la de la vida. Con tres heridas yo/la del amor, /la de la muerte/la de la vida. Un poeta necesita quien le lleve los versos, necesita mensajeros, guardianes de las palabras capaces de reproducir los sentimientos. Aunque bajo la tierra/ mi amante cuerpo esté,/ escríbeme, paloma,/ que yo te escribiré./ Cuando me falte sangre/ con zumo de clavel,/ y encima de mis huesos/ de amor haré papel. La herida de la muerte le llevó a la inmortalidad de los dioses con la herida de la vida.

En la prisión había escrito: aunque el otoño de la historia cubra nuestras tumbas con el aparente polvo del olvido/jamás renunciaremos ni al más viejo de los sueños.

Esta mañana he oído a Serrat cantar estos versos, y el murmullo de su voz me ha rasgado las entrañas y me ha abierto viejas heridas que creía cicatrizadas. A ti sola, en cumplimiento de una vieja promesa que habrás olvidado como si fuera tuya. Sus palabras me han arañado la memoria, y he vuelto a pensar que un poeta necesita un cartero. Nunca es tarde para ser emisario, porque un poeta es grande cuando alguien copia sus versos y los dice como suyos. No es tarde para ser cartero, meter sus versos en un sobre, poner un sello -como un beso pegado a la piel- y lanzarlo al buzón del aire. Lo importante es volar -decía Oteiza- y esperar que los versos caigan en la mano de usted que ahora lee el periódico. Para que no se pierdan los poemas, hoy quiero ser el cartero de Miguel Hernández. Un cartero que entregue su postrera carta que, no sé por qué/ mi corazón escribiría, /una carta que llevo allí metida,/haría un tintero de mi corazón,/una fuente de sílabas, de adioses y regalos,/y ahí te quedas, al mundo le diría.

Para los poetas escribir es morir un poco. Cada verso es una herida, una muerte que al fin, si usted que tiene el periódico en la mano, lo lee se convierte en vida. Ha pasado casi un siglo sobre estos versos, quizás usted nunca los leyó, pero Miguel Hernández los escribió para usted. Cuando te voy a escribir/ se emocionan los tinteros:/ los negros tinteros fríos/ se ponen rojos y trémulos,/ y un claro calor humano/sube desde el fondo negro./ Cuando te voy a escribir,/ te van a escribir mis huesos: / te escribo con la imborrable/ tinta de mi sentimiento.

Tenía 32 años. Murió encarcelado por no militar en el bando de Franco. Jamás se quejó. Cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas. Hablaba despacio y desde su celda gritaba que mi voz suba a los montes/ baje a la tierra y truene,/ eso pide mi garganta/ desde ahora y desde siempre.